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        “ENTRE LA BARAHÚNDA”. Prólogo de Luis Enrique Tord para la primera edición de la novela de Miguel Á. Yáñez Polo, actualmente en prensa.

"MIGUEL ANGEL YAÑEZ POLO O LA ALQUIMIA IMAGINAL"

“Todo, absolutamente todo es permisible en la novelística actual”. ¡Qué soberbia divisa! Y bajo ella ha entrado Miguel Ángel Yánez Polo en el campo de batalla de la vida -que en su caso es el del arte – con un espléndido precedente: lo ha alumbrado Sevilla.
Permítaseme explicarme. Escribo estas líneas desde el otro lado del mundo, -que ha veces es como decir desde el otro mundo-, y por tanto las imágenes que he retenido de mis visitas a ella se han convertido en sueños, sueños depurados del incómodo peso de la materia, y por tanto se han ido transformando en aquello que revela la esencia de las cosas que, siendo lo más refinado de la realidad, se acerca a lo inmutable. Cuento por tanto con una ventaja que facilita una amplia licencia ultraliteraria: como desafortunadamente no vivo en Sevilla, la sueño. Por ello he pedido explicarme.
¿Explicar qué? Explicar la perplejidad en que me ha sumido la obra de nuestro autor en la que veo reflejada en un sinnúmero de espejos una Sevilla multiplicada en las imágenes que guardaba mi memoria y que, de pronto, vibran al llamado de una voz que transmite una experiencia de siglos, experiencia aflorada en estas paginas en que personajes variopintos discurren por tiempos disímiles, espacios vistos y supuestos, tabernas claroscuras, callejas semiperdidas, caudalosos ríos, templos vetustos, criptas que sepultan interrogantes, patios silenciosos, personajes estos que efectúan con notable naturalidad apariciones y desapariciones, como en una extraña procesión de la que se escuchan murmullos, y en que los rezos de los flagelantes, la sonrisa del burlón, los opacos susurros de las beatas, las ojeras del escéptico trasnochador, la fatigada mirada del estoico, el paso cansino del académico se confunden en tráfago incesante, en un pasar de esta vida a la otra, del sueño a la vigilia, de la sombra al sol, de lo dicho a lo no dicho, con una fluidez pasmosa. Es decir, Yánez Polo, más que acercarnos a la realidad, nos acerca a la Realidad. O como él quisiera fotográficamente que dijéramos: nos la retrata.
Su divisa el autor la ha honrado, radicalmente, en su “tetralogía” sevillana: Stabat Mater, Kant, amigo mío, Refugium Peccatorum y Entre la barahúnda. Constituye ella un rico registro de varios lustros de la que, curiosamente, los títulos que la componen se han ido publicando muchos años después de escritos, sin obedecer al orden en que van dispuestos. Por cierto, su lectura suscita diversas consideraciones. Pero quiero dejar señalada la noble genealogía de la creatividad del autor que tiene que ver con los más audaces vanguardistas sevillanos del siglo XX -tan acertadamente recordados por Antonio Zoido-, como con el surrealismo europeo, el cine italiano de postguerra -y pienso particularmente en Federico Fellini-, con el Álvaro Cunqueiro de la “materia” de Bretaña –pienso en Crónicas del Sochantre-, con una vasta cultura científica y con estímulos que el mismo Yánez Polo subraya haber recibido del escritor argentino Ernesto Sábato y de José Luis Ortiz de Lanzagorta.
Como es evidente, en nuestro autor lo onírico ocupa un lugar capital. Y si bien en sus obras anteriores los viajes por el mundo transracional son frecuentes, en este título, Entre la barahúnda, se convierte en su atmósfera permanente. Transgrede así el escritor andaluz, con decisión, tiempos y espacios, volúmenes y equilibrios, prudencias y razonamientos, tirando por la borda la cuadriculación de la “realidad” a la que nos pretenden sujetar los hechizos propietarios del orden y el buen sentido. Y tanto que admira que estos libros los escriba un hombre maduro, que ha visto mucho mundo, pero que tiene el espíritu juvenil y revolucionario de un Rimbaud. ¿Y de donde le vienen tamaña vitalidad? De dónde va a ser si no de ese tesoro latino que aún guarda Sevilla: el instinto de la vida como reinvención permanente.
Reinvención perpetua. En efecto. Lo leemos en grandes místicos sufíes ( me remito a Muhyi-d-din Ibn ´Arabi, de Murcia, por ejemplo), que algunos de ellos fueron vecinos de Sevilla: la imaginación es la suprema facultad divina. No con otra potencia se creó el cosmos. ¡Hay que tener imaginación para inventar lo que Dios ha creado! Y voy más allá: todo lo que “imaginamos”, hasta lo que no tocan nuestros sentidos, es real. Dicho de otra forma: Ya todo está donde está. No pensamos ni imaginamos nada que ya no exista. Lo que hacemos nosotros, modestos mortales, y lo que hacen los escritores, proféticamente, es revelarlo. En ello reside la magia del arte. Es por ello que tiene en sí una capacidad salvífica. Nos rescata, por ejemplo, de las ingenuas, obtusas y tediosas doctrinas positivistas con su pedante autosuficiencia cuyo desastre ha poblado de cementerios el siglo XX. Y suscitado fantasmas individualistas movidos como marionetas por los hilos de la televisión, la propaganda y las encuestadoras asesoradas por la quinta esencia de la disciplina urgadora del “subconciente”: la psicología de masas. Y los escritores libran asimismo a los lectores de la depresión en que ha sumido a lo humano la manía racionalista de fragmentar la realidad extraviándonos de la contemplación de su espléndida unidad. Es así que el mago-artista nos ayuda a ponernos a prudente distancia del patético aprendiz de brujo que es el bárbaro especializado contemporáneo manipulador de poderes que le estallan a cada rato entre las manos. ¡Si le estallaran a él sólo! Pero no. ¡Contaminan con sus peligrosos manoseos a la humanidad toda!
Es así que los treinta y tres episodios de Entre la barahúnda –escrita entre 1984 y 2002-, dedicada a ese grande y sencillo metafísico que es san Juan de la Cruz, nos hace sonreír con personajes bizarros como Abdul “el Moro”, el recuerdo del jesuita alemán Atanasio Kirchner, la condesa de Villarán, el Vizconde de la Alfalfa, la monja alférez, Gómez de Briz, el notable Pablo de Olavide, y los fantasmales ambientes del cementerio de la Alfalfa, el Refugium Peccatorum, el Club de los Racionales, la cámara oscura de Kirchner, la pensión de doña Antonia y el anfiteatro anatómico de la Puerta Real. Y en el fondo, en el transfondo de los recuerdos del corazón la leve presencia de la vaporosa, cuanto misteriosa, Elisa.
La obra de Yánez Polo, como todo aporte valioso, constituye así un mundo en sí mismo. Y no hablo sólo de la obra literaria, sino de la obra total. Y hay que destacarlo bien, pues en un humanista todas, absolutamente todas sus actividades vitales e intelectuales se hallan inextricablemente entrelazadas. Y no cabe con él el prurito de la especialización entendida como penetrar en un sólo espacio con descuido de lo demás. De ello se concluiría, a lo más, una modesta monografía, y no el tratado verdaderamente dilucidador. Es por ello que la lectura de estos cuatro títulos es un privilegiado ingreso al observatorio del autor, observatorio edificado a lo largo de una vida de estudio, de sensibilidad, de perspicaz profundización, de libérrima poesía. Y quiero señalar respecto de esta última que ella es, en mi consideración, música. La poesía, la prosa, es música. Para ser escritor hay que tener oído. Y en el caso de Yánez su oído le permite crear composiciones para instrumentos solistas, obras de cámara y, en casos, auténticas orquestaciones. Como que su tetralogía sevillana es una sinfonía en cuatro movimientos. No llama por ello la atención de que posea Yánez Polo estudios de solfeo y de piano en el Conservatorio Hispalense.
Se está cumpliendo por estas fechas, además, un cuarto de siglo en que nuestro autor ha ido pergeñado un notable testimonio literario que tiene, entre otros méritos, haber sido forjado en condiciones nada fáciles pues Sevilla es una ciudad no sólo singularmente bella -que es título mayor-, sino preñada de tan rica historia que es hazaña épica situarla en la modernidad, hazaña lograda a través del talento de artistas que, como Yánez Polo, han logrado aunar literatura, ciencia y fotografía, tres manifestaciones emblemáticas de lo contemporáneo. Para un hispanoamericano, para un escritor limeño, esta prosa modernamente andaluza, audazmente sevillana, es un aporte precioso que profundiza y perfecciona la comprensión y el amor por esa urbe mágica que ha acunado a grandes herederos de su pasado que han sabido redescubrirla a través de la vigilia y el sueño del tercer milenio. Hay que saludar por ello en Miguel Ángel Yánez Polo a uno de los gonfaloneros del rescate de lo permanente, y a un dominador de un rico lenguaje castizo que le permite atrapar la fogosidad y las exigencias de una imaginación apasionada por asir la totalidad, es decir, lo imposible. En suma, un escritor de raza, un artista rebelde, del linaje de aquel caballero de la Mancha que logró para la humanidad, una vez más, la invención de un mundo.


Luis Enrique Tord
Lima ( Perú )


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