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Prólogo a la biografía "Antonio Marsella y Sierra, último cirujano romántico de Sevilla”. de Eloy Domínguez-Rodiño. Ed. Monardes. Sevilla, 1997.

Reproducción de texto editado en 1997:

"En un jardín de cristal, sentados sobre alhamíes de recuerdos, conocí a Eloy hace algo más de un lustro. Fue en su sanvicentina casa donde un común y querido amigo, Márquez de Castro, conviniera un primer encuentro. Oíamos la espera en su despacho cando le vimos entrar. Venía de vuelta, lleno de ilusiones y temores, en plena travesía de las aguas de su vida. Una larga conversación me reconfirmó su gigantesca humanidad y mayor humanismo. Descendiente de eminentes médicos, conocedor del trivium y del cuadrivium de la hispalense historia, escritor de pulcro estilo, historiador de la medicina sevillana, prestigioso galeno, vicepresidente de la Real Academia, vigía de la cultura secular, Eloy Domínguez-Rodiño y Domínguez-Adame es, además, un excepcional conversador, el más ameno, ingenioso, culto, sagaz y espontáneo interlocutor que vive hoy en Híspalis. Dialoga con la sencillez del sabio, revestido de una finura y corrección exquisitas, salpicando de anecdotario histórico sus pausadas palabras. Su figura representa, indiscutiblemente,, un hito dentro de los recovecos históricos que alcatifan señeras figuras de la ciudad. Su espíritu delicuescente de amigo químicamente puro, su humanidad para todos aquellos a los que llevó y sigue haciendo el bálsamo vulnerario de su calidez presencial y el consuelo de su inolvidable palabra y ciencia, forman parte inseparable de quienes le hemos tratado.

La biografía de Antonio Marsella es obra impresionante.

A través de sus páginas. con el telón de fondo de la mutación de los cirujanos romancistas –néctar de las alhamías de los maestros barberos- a cirujanos científicos, emerge la portentosa figura de quien la historia depararía ser el primer catedrático de Patología Externa y Operaciones que en 1840 tuviera la Facultad de Medicina sevillana. Cesado años más tarde de su cátedra, ligado gloriosamente a la figura de don Federico Rubio y a la Escuela Libre de Medicina, Eloy talla ante nuestros ojos una vida llena de perfiles románticos, no faltando la ensoñadora anécdota del éxito profesional que tuvo Marsella al amputarle el brazo derecho, gangrenado por el mordisco de un seise, al intrigante canónigo de la catedral don Genaro Guillén Calomarde, sobrino del Ministro de la bofetada histórica. Cuenta el autor que el clérigo y posible delator de las actividades carlistas del cardenal Cienfuegos, le propinó un bofetón al cantarino niño quien, iracundo, mordió con todo su veneno al eclesial brazo. La descripción y análisis de los días de gloria y ocaso del eminente cirujano es magnífica. El capítulo de la muerte, hija del suicidio, e sobrecogedor. La negritud de la depresión, el disparo que se hizo en su finca de Benaburque mientras paseaba con su mujer aquel trágico 28 de noviembre de 1874, sus últimas palabras ´Manuela, me he matado´, su entierro, la insólita anotación de su párroco (“no tuvo auxilios espirituales”), en fin, toda aquella terrorífica historia de un final tan romántico y triste como el de Antonio Susillo, forman inseparable corpus de esta magnífica biografía.

Entre los pliegues de estas páginas se arropa mucha alma del propio autor. No en balde le conocimos en el jardín de cristal en donde se dice que aún viven los grandes hipocratianos que asentáronse en la ciudad de Sevilla: desde Nicolás Monardes, hasta Lasso de la Vega, pasando por Federico Rubio, Antonio Salado y Antonio Marsella. No me traiciona la memoria si aseguro que de aquellas iniciáticas conversaciones conozco al Dr. Marsella. Muy poco tiempo después, estando cerca de la cale Estrella, donde viviera, he sentido las fúnebre notas de diez cantores y seis músicos. Doy fe que no hacían otro menester que acompañar el cadáver del histórico cirujano para que se disolviera eternamente, bajo el nítrico de la tierra, en su nueva morada de la calle de San Teodomiro nº 13 del cementerio de San Fernando. Mientras tanto, como siempre, Sevilla dormía."

 

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Rafael Yáñez Camacho